lunes, 28 de febrero de 2011

¡Basta de mentiras! (III)

Estrellas, planetas y la distancia al Sol

Las nociones básicas sobre la nueva mecánica geocéntrica muestran una forma diferente de explicar el sistema terrestre planetario. Pero este nuevo modelo astronómico, para ser validado, requiere despejar la naturaleza de los astros que pueblan el cielo nocturno: las estrellas. ¿Cuál es, en realidad, la naturaleza de las estrellas? Para hallar la respuesta a esta cuestión trascendental, hemos de indagar en la Historia de la Astronomía.

Ya, en la remota antigüedad, los hombres que se dedicaban a la observación del cielo nocturno, apreciaron que algunos astros brillantes presentaban un movimiento de traslación respecto a otros astros que parecían mantenerse quietos o fijos. Los que permanecían “fijos” los clasificaron como estrellas fijas y los que mostraban un desplazamiento hacia el este respecto a los astros “fijos” los clasificaron como planetas, o sea, “estrellas errantes”. Se comprende, entonces, el origen del término: planeta. Y la percepción visual y aparente de que en el espacio existen astros “planetarios” y astros “fijos” fue recogida por todos los astrónomos en sus diversas teorías. Lo deja patente Ptolomeo en su sistema geocéntrico, se mantiene después en el sistema heliocéntrico de Copérnico y continúa en el sistema elíptico de Kepler. Sistema, este último, que se ha mantenido vigente hasta nuestros días.

Que en la remota antigüedad los observadores del cielo nocturno distinguieran entre astros “fijos” y otros que se movían respecto a aquellos, es razonable y comprensible: si la Tierra era considerada como un astro con una superficie plana, no debe extrañarnos que, con tan solo el sentido de la vista y la razón, llegaran a la conclusión de que si unos pocos astros se desplazaban, el resto de los astros que servían de referencia puntual o espacial al movimiento de los planetas, permanecían “fijos”. Las consecuencias de haber mantenido y desarrollado la idea de que las estrellas permanecen “fijas”: sin desplazamiento alguno, son el cúmulo de teorías modernas que se basan en la naturaleza de las estrellas y que parecen competir para premiar a la más absurda y aberrante.

Sobre la naturaleza de las estrellas no existía en la comunidad científica un criterio común y fiable hasta el siglo XVIII. Para conocer o deducir la naturaleza de los astros fijos, se consideraba preciso conocer y establecer de forma previa la distancia Tierra-Sol. Fue durante el siglo XVII cuando una expedición de científicos situados en dos lugares de la geografía terrestre distantes entre sí, consiguieron, con ayuda de la trigonometría, “averiguar” la distancia aproximada Tierra-Sol (UA), que tras diversas discusiones y criterios, se dejó establecida en unos 150 millones/kms. ¿Cómo se llegó a establecer la Unidad Astronómica? Veamos la narración que hace Isaac Asimov, en su “Nuevo Guía de la Ciencia”, de los hechos que llevaron a establecer la UA:

"En 1673, el método del paralaje dejó de aplicarse exclusivamente a la Luna cuando el astrónomo francés, de origen italiano, Jean-Dominique Cassini, obtuvo el paralaje de Marte. En el mismo momento en que determinaba la posición de este planeta respecto a las estrellas, el astrónomo francés Jean Richer, en la Guayana francesa, hacía idéntica observación. Combinando ambas informaciones, Cassini determinó la paralaje y calculó la escala del sistema solar. Así obtuvo un valor de 136 millones de kilómetros para la distancia del Sol a la Tierra, valor que era un 7% menor que el actualmente establecido: 149,6 millones de kilómetros = Unidad Astronómica".

En esa época, muchos astrónomos pensaban que las estrellas “fijas” eran tan solo unos objetos que brillaban en la oscuridad de la noche, pero sin atreverse a definir la naturaleza de las mismas. En el siglo XIX se sabía que el sistema solar se extendía miles de kilómetros en el espacio, aunque este no era el tamaño total del Universo. Quedaban aún las estrellas “fijas”. Naturalmente las estrellas podían existir como diminutos objetos situados en la bóveda sólida del firmamento, que constituye las fronteras del Universo más allá de los límites más alejados del sistema solar. Veamos lo que se narra en la obra “Historia General de la Ciencia”, de Edit.Orbis:

“En 1670, la academia de las Ciencias encargó a Jean Richer una misión científica en cayena. De entre las importantes mediciones que efectuó en 1672 y 1673, citaremos aquí sus observaciones del planeta Marte, cuyo paso a la oposición que se produjo durante ese período, resultaba ser perihélico, circunstancia en la que el planeta se acerca al máximo a la Tierra. Con ayuda de un sector de 2m, Richer medía las diferencias de altura mediana, es decir, de declinación entre Marte y las estrellas próximas; durante ese tiempo Picard y J.D. Cassini operaban análogamente en París, con las mismas estrellas; la separación entre las latitudes de las estaciones se acercaba a los 45º.


La comparación de las mediciones permitió determinar el paralaje de Marte en 25” para la época de la oposición. En el perihelio, la distancia del planeta al Sol valía 1,38 radios de la órbita terrestre; por el hecho de la oposición, su distancia a la Tierra era de 0,38; el paralaje solar, que estaba, con el de Marte, en la razón dicha de 0,38 se establecía pues en 9,5” (el valor exacto es 8,8”). Antes de esta determinación, todas las hipótesis sobre las dimensiones en el sistema solar eran pura fantasía.”

Según el texto, la situación de la Tierra y Marte, según el sistema de órbitas elípticas de Kepler, era la siguiente:


La ilustración representa las posiciones de la Tierra y de Marte, respecto a la posición del Sol, indicadas en el texto y de las que los astrónomos de la época dedujeron la Unidad Astronómica.. No hay nada que objetar a la determinación científica… ciñéndonos, claro, al modelo planetario elíptico de Kepler. Ahora bien, según el nuevo modelo mecánico geocéntrico donde la Tierra gira sobre su eje, las órbitas planetarias se descubren diferentes a las que surgen del modelo elíptico. La razón de que el modelo planetario se presente con unas figuras diferentes, es de puro sentido común. Con una Tierra en estado de inmovilidad total, Ptolomeo proyectó un modelo astronómico cuyos movimientos planetarios estaban sometidos o supeditados a dicha inmovilidad terrestre. Se comprende así que para el astrónomo egipcio tanto el Sol, como los planetas y las estrellas, se viesen obligados a girar o revolucionar cada día alrededor de una Tierra inmóvil. Copérnico y Kepler hicieron lo propio en sus respectivas teorías. El primero se vio obligado a modificar radicalmente el modelo planetario de la teoría precedente y el segundo terminó por modificar el sistema planetario de Copérnico.

Un cambio de paradigma, conlleva necesariamente otro cambio en el modelo planetario. Pero que haya un cambio de modelo planetario no significa que las posiciones de uno u otro astro, entren en contradicción con las posiciones definidas y establecidas en el modelo precedente. Ni Copérnico ni Kepler, podían negar unas posiciones planetarias observadas y catalogadas por Ptolomeo. Por eso, cualquier modelo o sistema planetario teórico que se proyecte no puede contradecir, desechar o ignorar la observación histórica sobre las posiciones planetarias en el cielo. Incurrir en ese error significaría la nulidad e invalidez inmediata de cualquier teoría astronómica.

En el caso de la nueva teoría geocéntrica, con la Tierra girando sobre su eje, este autor se ha ceñido a los datos referentes a la UA y a la Ascensión Recta, aportados en el Anuario Astronómico, editado por el Observatorio Astronómico de Madrid (1989). Para establecer la Ascensión Recta (AR) se toma como referencia al Punto Vernal, o una estrella situada en la eclíptica, en movimiento hacia el oeste (IMPORTANTE: en otra entrada quedará demostrado que la cúpula estelar –las estrellas, las nebulosas y las galaxias- no permanecen “fijas” en el espacio. Esta apreciación es producto de la apariencia. En realidad sucede todo lo contrario:, el conjunto estelar, formando una cúpula de sucesivas capas o radios estelares, se desplaza al unísono realizando órbitas cuya duración queda establecida en medio año: la mitad del período solar). Por tanto los nuevos diseños orbitales son una imagen simétrica de lo que acontece bajo el sistema astronómico vigente. Sirva como ejemplo el proceso seguido para conocer las nuevas órbitas de Mercurio según un geocentrismo con la Tierra girando sobre su eje (ver la ilustración original):

Comencé proyectando una duplicidad de órbitas enlazadas o superpuestas: en una de ellas se plasma las posiciones espaciales de Mercurio en el diseño orbital heliocéntrico, y en la otra he ubicado a la Tierra en su centro. Desde esta duplicación de órbitas, de centro-Sol y centro-Tierra, he ido avanzando al Sol sobre la órbita de centro-Tierra la medida angular que le correspondería avanzar a la Tierra sobre la órbita de centro-Sol. De este modo las sucesivas posiciones en longitud y Ascensión Recta de Mercurio, se ven totalmente identificadas simétricamente en las posiciones geocéntricas de Mercurio con respecto al Punto Vernal Astronómico (PVA). De este modo, según el proceso descrito, el día 1-5-89 H (helioc.), Mercurio se encuentra a 21º de elongación este y a una distancia de la Tierra de 0.8527 UA. El día 23-5-89 HG (helioc y geoc.), Mercurio se halla en una conjunción inferior y a una distancia de la Tierra de 0.56 UA. El día 18-6-89 H. el satélite del Sol está ubicado a unos 23º de elongación oeste, a una distancia de la Tierra de 0.82 UA.

Ahora bien, colocando al Sol en movimiento y en dirección oeste. La ubicación del Sol y de Mercurio, serían las que quedan reflejadas en las órbitas geocéntricas (figura anterior). Así vemos como la cuerda u órbita mercurial, una vez sobrepasado el límite de la órbita solar, se siente obligado a girar hacia el este para que, atraído por la gravitación solar, volver a retomar la dirección oeste circulando entre el Sol y la Tierra hasta el siguiente punto del circulo orbital solar. Observen que la órbita de Mercurio arrastrado por el Sol en movimiento, es idéntica a la órbita de la Tierra arrastrada por el "movimiento peculiar" del Sol, con la diferencia de que en el caso de Mercurio la órbita solar es circular y en el caso de la Tierra el movimiento peculiar del Sol es radial o longitudinal. Lo que viene a demostrar la coherencia del argumento.

NOTA: Las nuevas órbitas geocéntricas de Mercurio, muestran la causa de un fenómeno que desconcierta a los astrónomos: el “pastoreo” de Mercurio en sus tránsitos.

Manteniendo el proceso descrito para hallar el modelo orbital de Mercurio en el nuevo geocentrismo, descubrimos el modelo orbital de Marte y con éste el error cometido en el experimento citado para hallar la UA:


Observemos con atención la ilustración con el nuevo modelo orbital de Marte que representa las posiciones de la Tierra y el planeta cuando se realizó el experimento. Las posiciones señaladas con el número 1, son las posiciones señaladas en la ilustración de arriba que representa las órbitas heliocéntricas de la Tierra y Marte. Ahora bien, estoy afirmando que el movimiento peculiar del Sol, no es otra cosa que su propio movimiento orbital alrededor de la Tierra (En otra entrada se tratará de forma extensa el tema de las masas. En especial sobre la verdadera masa del Sol). Y si el Sol está realmente orbitando alrededor de la Tierra, es obvio que en momento de su órbita se encontrará en un lugar (1) y en otro momento –en este caso seis meses después- en otro (2). ¿Cómo afecta a las conclusiones del experimento este cambio en la posición orbital del Sol y el nuevo modelo orbital de Marte? En el modelo heliocéntrico, la órbita de Marte es de un radio superior al de la órbita terrestre. Siendo así, Marte nunca puede encontrarse en una conjunción inferior (momento en que un planeta se sitúa en el transcurso de su órbita entre la Tierra y el Sol, como ocurre en el caso de Mercurio y en el de Venus) Sin embargo, una vez más, las apariencias nos juegan una mala pasada. Es cierto –no puede negarse- que Marte no se coloca nunca en conjunciones inferiores, pero ello es consecuencia de su período y su modelo orbital: el período sinódico de Marte es de unos 780 días (unos 50 días más que el doble del período orbital del Sol que es de unos 365,25 días) y el período sideral es de unos 680 días que, casualmente, es también 50 días inferior al doble del período del Sol. 

Durante el ciclo orbital de Marte, cuando se aproxima a la Tierra entra “dentro” del espacio orbital del Sol, cuando éste se encuentra en su órbita en el lado opuesto a la posición del planeta. Es la situación representada en ambos modelos. Pero esta situación tiene otras connotaciones: si el planeta Marte entra “dentro” del espacio orbital del Sol, las conclusiones del experimento resultan erróneas. Recordemos lo que decía el texto:

“La comparación de las mediciones permitió determinar el paralaje de Marte en 25” para la época de la oposición. En el perihelio, la distancia del planeta al Sol valía 1,38 radios de la órbita terrestre; por el hecho de la oposición, su distancia a la Tierra era de 0,38; el paralaje solar, que estaba, con el de Marte, en la razón dicha de 0,38 se establecía pues en 9,5” (el valor exacto es 8,8”). Antes de esta determinación, todas las hipótesis sobre las dimensiones en el sistema solar eran pura fantasía.”

De esta nueva mecánica geocéntrica se desprende que si la distancia Tierra-Sol = 1 UA, al revolucionar el planeta Marte en una posición entre la Tierra y el Sol siendo su distancia a la Tierra de 0,38 UA, la distancia entre la posición de Marte y la órbita solar será, evidentemente, de 0,62 UA. Dicho de otra forma: Si consideramos lo que se menciona en el relato sobre el experimento llevado a cabo y lo que ocurre bajo el nuevo modelo orbital, resulta que las 1,38 UA de distancia entre la posición que ocupa Marte dentro del espacio orbital del el Sol, respecto al astro solar en ese momento, son en realidad unas: 1-0,38 = 0,62 UA desplazado el Sol al otro extremo de su órbita (2). Por consiguiente, la paralaje del Sol se descubre que es de unos
8,8”/0,62 = 14,2”

que aplicando la rectificación correspondiente a la diferencia mencionada entre los 9,5” y los 8,8”, queda en unos 13,5”. De ahí que la nueva UA sea de unos

UA = 97.682.000 kms

(Esta distancia Tierra-Sol ya fue mencionada por el astrónomo belga Godefroy Wendelin durante el siglo XVII) distancia entre el Sol y la Tierra que corresponde una velocidad orbital solar de unos

19.450m/s

Velocidad, ésta, que se identifica plenamente con la velocidad del Sol en su "movimiento peculiar".