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Señor Jesucristo, Tu sabes que en mi infancia y en mi adolescencia no fui lo que se dice un modelo de ejemplaridad. Crecí “educado” en las cosas del mundo. Y como tal, pertenecía al mundo. Sin embargo, algo insospechado reservabas para mí. Si durante mi formación académica no fui un alumno aplicado, al cumplir los 25 años llamaste mi atención y mi interés por el conocimiento de la Verdad en materia religiosa. Compré, entonces, la Biblia que aun conservo. La leí con inusitado interés y atención anotando, en cuaderno aparte, citas, versículos y aspectos proféticos que hacían referencia a Tu persona. Anotaciones valiosas que más tarde perdí en el traslado a otra localidad. Compré luego El Corán y otros libros de religiones y filosofías diversas aplicando el mismo método de anotaciones. Deseaba encontrar la Verdad religiosa y con Tu ayuda la hallé. Tras años de estudios comparativos, concluí que la única Verdad y, por tanto, la religión verdadera, se encuentra en la Sagrada Biblia y en Tu palabra.
Pero el tiempo pasaba ignorando que finalidad tenía aquella repentina sed por el conocimiento de la Verdad. Y así, 12 años más tarde, ante un serio problema personal que me aquejaba, me dirigí a Ti en oración. Oración que Tú escuchaste y me respondiste de la forma más insospechada. Me hiciste contemplar en sueños una “extraña” cosmovisión cuya representación cosmológica culminó con Tu presencia ocultando tu rostro tras el Sol. Acercaste tu mano derecha a la mía, que yo mantenía en alto al igual que una gran muchedumbre espectadora, y me dirigiste estas palabras: “Ya es llegada la hora”. Con aquel suceso extraordinario abriste mis ojos a la realidad del mundo y entonces comenzó la misión que, si en un principio era dulce, luego amargó mis entrañas.
De tus palabras deduje inicialmente que algo iba a ocurrir con alcance internacional. Me equivoqué. Y apenas tres o cuatro días después de la visión y de hacerme mil y una preguntas sobre el significado de esta, Tu presencia y tus palabras finales, comprendí que debía iniciar un estudio sobre el campo científico de la Astronomía. Desde entonces me dediqué a la investigación científica en materia de Astronomía sin saber, a ciencia cierta, cual era o debía ser mi cometido. Durante unos meses estuve indagando entre libros y documentos en materia astronómica sin hallar nada extraño. Estuve a punto de desistir cuando un dato astronómico llamó mi atención... Buscando otra forma de conjugar o interpretar ese dato circunstancial, me ví obligado a forzar el modelo astronómico académico y establecido encontrándome de bruces con otra realidad científica totalmente inesperada e insospechada... Y así comenzó el desarrollo del nuevo modelo geocéntrico universal que ha sido denostado por incrédulos y cientificistas. Tu sabes, Señor, que a los pocos meses, y con pruebas aun frágiles y superficiales, comencé a hablar de este tema de manera precipitada e imprudente. Sabes también, Señor, que he sido víctima de risas, insultos, presiones familiares y desprecios. No obstante, siempre he sentido cerca la fuerza que me has dado ante las adversidades.
Los tentáculos de la Falsa ciencia, considerada como una reina, llegan a todos los sectores sociales en cada nación de la Tierra con el propósito diabólico de aplastar a la única religión verdadera: el cristianismo.
Me sorprenden los autores de canciones “cristianas” que dicen en sus letras: “Padre Nuestro, en Ti creemos”, “Señor, Señor, yo quiero conocerte”, “Invítame a seguirte que quiero encontrarte”, “Yo quiero que me alumbres”, etc., etc. Indican buenos deseos, lo que es loable, pero creo que hurgando un poco en la fe de los autores, los textos no serían otra cosa que bonitas palabras. ¿Cuántos de estos autores creen realmente que de Tú palabra surgieron la Tierra, las aguas y todos los astros que pueblan el Universo? ¿Cuántos creen realmente que creaste al hombre de la arcilla insuflando Tu aliento de vida? Cantar “Señor, Señor, yo quiero conocerte” es fácil, pero creer de verdad en el origen divino del Universo y del Hombre, resulta más difícil. Entonces, ¿qué clase de fe es esa de los que dicen creer en Ti, pero no en toda Tú palabra?
La certificación científica
La esclavitud y la estupidez humana alcanza en pleno siglo XXI cotas impensables siglos atrás. La humanidad, como seres individuales, ha cedido su sentido común al dictado de la mayor institución mundial del engaño. Pocas son las personas que se atrevan a expresar una opinión propia, individualista, sobre alguna cuestión moral o ética sin haber sido refrendada por dicha institución con dominio internacional. De manera insistente y sibilina los medios de comunicación, dirigidos por acólitos cientificistas, van socavando y aislando el pensamiento individualista y crítico para que este quede ahogado y silenciado ante el griterío masivo de la colectividad adoctrinada. La Dictadura Internacional de la Falsa Ciencia, se convierte así en el conocimiento referencial para todo pueblo, lengua y nación.
Todos los que leemos la prensa escrita o somos espectadores de televisión observamos que muchas marcas fabricantes anuncian sus artículos en los medios propagandísticos, escritos o audiovisuales, añadiendo la coletilla: “Avalado por la Ciencia”. “¡Ah, bueno! Si está avalado por la ciencia, serán ciertas las bondades que anuncian del producto”. Y así, sin darse cuenta, el público acaba aceptando que sus opiniones particulares carecen de valor alguno si no coinciden con la certificación científica.
La pérdida de la cordura humana llega a su punto álgido cuando, ante un debate político y público, los que defienden una cosa y los que defienden la contraria, aguardan esperando a que la Ciencia de los Necios “avale” que los fetos son, o no, seres humanos. Según este servilismo humano, esperando el informe de unos dementes que se autocalifican de científicos, ¿de qué otra forma se podría calificar al hombre sino de homo estúpidus? Cuando Copérnico, Kepler, Einstein, Miguel Ángel, Mozart, o cualquier otro personaje histórico, eran unos fetos desarrollándose en sus respectivos vientres maternos, ¿eran seres humanos… o eran lagartijas? Cuestionar si un feto es, o no, una persona, es propio de necios. ¿Cómo, sino, ha llegado la humanidad hasta nuestros días si no es por la alternancia generacional humana? ¿Alguna vez, en los Anales de la Historia de la Humanidad, ha engendrado alguna mujer otra cosa que no sea un ser humano? Si la humanidad sabe que las madres engendran seres humanos, que sentido tiene esperar a que una ciencia farsante avale algo que ya conocen todas las generaciones? Sin embargo, es lo que está sucediendo y es un claro síntoma de que las conciencias han sido adoctrinadas y convertidas en sumisas esclavas de la Falsedad.
Los no natos son seres humanos y su destrucción en el seno materno son asesinatos cometidos por equipos médicos, pero también por la connivencia social de cada país que vota en las elecciones para que sus respectivos partidos, cuando alcanzan el poder, legislen a favor de tan horrendos e inhumanos crímenes. Y todavía se pregunta la humanidad que participa del sistema político de la Bestia, por qué son víctimas de enfermedades, tsunamis, terremotos, sufrimientos diversos y pobreza... Este sufrimiento de los pueblos, las lenguas y las naciones, acabará cuando todos los pueblos y las naciones conozcan a Jesucristo como único Dios y Salvador. Pero las falsedades extendidas por toda la Tierra están impidiendo que los hombres reconozcan a su creador y Señor. Por eso los pueblos y las naciones deberían exigir a los responsables políticos y científicos que abran debates públicos para que sean conocidas otras teorías cosmológicas ocultas y silenciadas por las instituciones científicas y que ofrecen respuestas verdaderamente racionales a los fenómenos astronómicos históricamente conocidos. Como consecuencia de dichos debates, la humanidad podrá conocer las verdades universales trascendentales: que Jesucristo, nuestro Salvador, es el Hijo de Dios, que es Rey de reyes y Señor de señores; y que junto al Padre y al Espíritu Santo creó la Tierra, la Luna, el Sol y las estrellas que reciben y reflejan la luz que emite al espacio el Sol (planetas, "galaxias", cometas y nebulosas). Y, por supuesto, creó al primer Hombre y la primera Mujer, de cuya primera pareja surgió toda la humanidad. Si la cristiandad no cree en estas verdades transmitidas por Dios, y además demostradas, ¿en qué se diferencian los modernos cristianos con los aspectos antropológicos defendidos por otras religiones y filosofías falsas y paganas?
Visitantes
Cuando, navegando por la red, accedemos a una página web, blog, o cualquier otro sitio de Internet, observamos que son muchos los que han colocado sus propios contadores de visitantes para mostrar la gran afluencia de público a sus respectivos sitios. Los titulares de estos sitios desean mostrar que sus sitios o comentarios gozan del favor o de la simpatía del público. Y es que decir o escribir sobre cuestiones “políticamente correctas” o en sintonía con lo que piensa la mayoría social para ganarse su favor, es de lo más sencillo. No es ningún secreto que endulzar los oídos del público, escribiendo sobre las falsedades sistémicas establecidas, es de suyo la primera condición para ganarse su simpatía y empatía. Eso es lo más fácil. Lo difícil es predicar sobre las verdades fundamentales descubriendo los múltiples velos de la falsedad. Esto último, claro está, no resulta del agrado científico, cultural, político y social. En consecuencia son pocos y contados los que sienten interés en leer o conocer las verdades científicas y políticas “escandalosas”.
Fíjense que la Verdad molesta tanto a los oídos de quienes la escuchan, que los profetas verdaderos eran perseguidos, encarcelados y atormentados con sufrimientos. Sin embargo, los falsos profetas que decían lo que el pueblo y los reyes deseaban oír, eran agasajados e invitados a fiestas y banquetes. Hoy ocurre lo mismo. Se galardona, se sigue y se premia a los falsos profetas de la modernidad que divulgan en todos los medios falsedades científicas, alaban los “gobiernos de las gentes” y alientan el capitalismo salvaje, injusto e irracional.
Quien se atreve a expresar las verdades fundamentales, en contra de las “verdades” académicas o sociales establecidas, corre el grave riesgo de sufrir la ira de los poderosos que no están dispuestos a que se descubran o se desmantelen sus pingües “negocios”. Y tal es la “prudencia” de las gentes respecto a quien se atreve a hablar de la verdad que en los Evangelios no dicen que se unieron a Jesucristo doce apóstoles de forma voluntaria, sino que Jesucristo tuvo que pedirles que dejaran todo y le siguieran. Si el mismo Jesucristo reconoció que era piedra de escándalo, ¿cuántos de los doce apóstoles hubieran creído y seguido de forma voluntaria a Jesucristo, que allá por donde iba era considerado un escándalo, si no hubieran sido elegidos o llamados? Y es que la Verdad, las verdades, resultan para los pueblos adoctrinados en falsedades un verdadero tormento y escándalo.
Pero no se trata de buscar la afluencia, la simpatía o el afecto social en Internet, algo que buscan la mayoría de los sitios, sino de transmitir verdades en completa sintonía y coherencia con las Sagradas Escrituras. Cuando los profetas eran llamados por Dios para realizar sus misiones proféticas sabían, por ejemplos precedentes, que dirigirse al pueblo hebreo para denunciar sus perversiones y aberraciones les traería serios conflictos personales y sociales. Por eso algunos de los llamados al ministerio profético intentaron rechazar la “oferta” de Dios. Como ejemplo, el profeta Jeremías, en el capítulo 15, se lamenta ante Dios: “¡Ay de mi, madre mía, pues me engendraste, soy objeto de querella y de contienda para toda la tierra! A nadie presté, nadie me prestó, y sin embargo, todos me maldicen…Mira que por ti soporto oprobios de parte de los que desprecian tus palabras” Y Dios le contesta: “Si tú sabes distinguir lo precioso de lo vil, seguirás siendo mi boca. Ellos se volverán a ti, no serás tú quien te vuelvas a ellos…” Es muy fácil reconocer siglos después la labor de los profetas bíblicos. Me pregunto cuantos de los cristianos que hoy ensalzan y alaban la labor de los profetas de Dios, hubieran creído entonces en ellos, o cuantos hubieran formado parte de los que les ultrajaban, les insultaban y se mofaban. Una cosa es contar con la perspectiva que ofrece el tiempo histórico y otra muy distinta haber sido contemporáneo de los profetas.
Se cuenta que un constructor de catedrales estaba colocando un detalle religioso en un rincón de la cúpula y en un lugar casi inaccesible a la vista del público. Entonces se le acercó un visitante y le preguntó: "¿Para qué va a colocar esa figura en un lugar donde no la va a ver nadie?" Y el constructor de respondió: “Nadie no. La ve Dios”. Algo similar ocurre con los sitios de Internet. Unos sitios son vistos y leídos por numerosos hombres y otros sitios, en los que se habla de la verdad, son solo vistos por Dios. Y eso es lo que cuenta realmente. Dios sabe que en este sitio se habla sobre la verdad. Es el único “Visitante” que realmente me importa. Verdades que no resultan del agrado del público en general. Pero la opinión de los hombres, que cambia cual veleta según los tiempos, no me inquieta ni me preocupa. Si los visitantes de este sitio deciden abandonarlo por considerar que no digo lo que desean oír, que lo hagan. Las verdades científicas y las políticas que vengo predicando en el desierto, y la fe cristiana de quien esto escribe, no están en venta.
Sobre “insultos”
En alguna ocasión se me ha reprochado que como cristiano debería cuidar mi lenguaje evitando el insulto. Me hace mucha gracia que algunas personas centren su atención en los calificativos que concedo a “sabios” y otros “insignes” personajes y no en los aspectos fundamentales de mis entradas. Sucede como con los sacerdotes del Templo ante Jesucristo. Esperaban cual lobos al acecho escuchando y viendo todo lo que decía y hacía Jesucristo sin concederle valor divino alguno, y se rajaban las vestiduras al ver que arremetía, látigo en mano, contra los mercaderes en el atrio del Templo. Aquellos sacerdotes hipócritas se sentían “escandalizados” porque Jesucristo llamara ladrones a los mercaderes y pasaban por alto su doctrina, sus mensajes y sus milagros. Lo mismo sucede hoy con muchos que se califican de cristianos: se escandalizan de que califique de necios y estúpidos a personas e instituciones que llevan siglos atentando contra la palabra de Dios, cuando, sin rubor alguno, se arrodillan diariamente ante una ciencia falsa, pagana y atea. Es el producto del cinismo y la hipocresía instalados en el relativismo de la moderna y sometida cristiandad.
Este cristiano no insulta, califica de necios y estúpidos a quienes no hacen otra cosa que demostrarlo. El calificativo de necio o de estúpido a quienes no escuchan la verdad, la desprecian o aceptan lo irracional como lo natural, no es nada nuevo. Los textos proféticos y los Evangelios están repletos de estos y otros calificativos. Eran calificados de necios y estúpidos todos aquellos que, adorando imágenes de falsos dioses, hacían oídos sordos a la palabra de Dios transmitida por los profetas. También eran calificados de esa manera el pueblo hebreo que se había dejado seducir por las costumbres paganas de pueblos vecinos; los sacerdotes que habían perdido la fe, beneficiándose de los sacrificios que el pueblo ofrecía a Dios… Son numerosos los ejemplos bíblicos donde abundan los calificativos de necios y estúpidos a quienes toman por verdadero lo falso, alejándose de la Verdad. Por consiguiente, cuando defino de necio o de estúpido a personajes o instituciones que insisten en defender lo falso y lo irracional no les estoy insultando, les estoy calificando. El insulto es lo que muchas instituciones “culturales” y personajes del ámbito científico están ejerciendo contra mi persona y las conclusiones de mi investigación científica. ¿O no debo tomar como insulto el desprecio constante a las pruebas científicas irrefutables que vengo aportando desde hace dos décadas? ¿Cómo definiría usted que contando con pruebas científicas abrumadoras le negasen toda oportunidad de demostrarlas manteniéndole en un completo aislamiento y silencio institucional durante un período considerable de su vida? No sean hipócritas. Quítense primero la viga de su propio ojo y luego podrán quitar la paja del ojo ajeno.
La lógica humana
El hombre, por su propia naturaleza limitada, se guía de una lógica ilógica y, en ocasiones absurda. Y en este proceso lógico de los hombres se cuenta, de forma especial, con las apariencias. Y en las apariencias, basadas en apreciaciones visuales, se ha desarrollado el tan elogiado método científico. Así, por ejemplo, los sabios dedicados a la observación del cielo, dedujeron que las figuras zodiacales, ideadas por la imaginación humana, carecían de movimientos orbitales definiendo a las estrellas que conforman las figuras del zodíaco como estrellas fijas. Todos fueron víctimas de la realidad cosmológica al aplicar un razonamiento simplista y equivocado. Ninguno de aquellos ilustres investigadores se le ocurrió entrever otra realidad: que si las estrellas no presentaban desplazamientos angulares respecto a otras estrellas, al igual que lo hacen los planetas, pudiera deberse a que el conjunto estelar se desplazaba en órbitas, de forma conjunta y sin otro fondo cósmico estático que sirviera de referencia, en el período singular de medio año. Período este -la mitad que el período anual de la órbita solar-, causante de aparentar su inmovilidad en el cielo nocturno. Sobra añadir que lo mismo sucede respecto a las teorías evolucionistas: creen los sabios que al hallarse un parecido orgánico entre el hombre y los simios, los primeros debieron surgir de los segundos. Sin embargo, estos sabios, que gustan de escribir la prehistoria ajustándola a sus teorías aberrantes, obvian o pasan por alto aspectos y cuestiones humanas esenciales no resultas y nunca respondidas por la institución científica.
Otros ejemplos de la lógica humana las escuché hace pocos días por boca de dos presentadores de televisión. La presentadora de un programa de televisión leyó la siguiente noticia: “El Papa va a iluminar el árbol de Navidad más alto del mundo. Tiene una altura de setecientos cincuenta metros”. Y el director del programa en la mesa le preguntó: "¿Setecientos cincuenta metros?" “Si", le respondió la presentadora. “Bueno, -dijo el director- ya han oído ustedes, setecientos cincuenta metros, ahí es nada”. Y el director del programa, un licenciado en periodismo, se quedó tan pancho. Pero, vamos a ver, ¿a quién se le ocurre pensar que un árbol puede alcanzar una altura de, nada más y nada menos, ¡750 metros! Al escuchar esa noticia, cualquiera con un mínimo de sentido común, puede deducir que quienes han escrito la noticia se han equivocado añadiendo un cero a 75, o que han suprimido la coma en 75,0 metros. Pero lo que resulta llamativo es que el director de un programa, al que se le supone una cultura media, escuche y de por válida esa medida. Más aun cuando la noticia leída iba acompañada de la imagen televisada del árbol iluminado.
En el segundo ejemplo la cosa tiene más gracia. Un grupo de tertulianos estaban tratando un monográfico sobre el indígena mexicano Juan Diego al que se le apareció la Virgen de Guadalupe. En un momento determinado de la tertulia el presentador y director del programa preguntó a los allí presentes: “¿Por qué la Virgen se apareció a un indígena ignorante en vez de aparecerse a altos cargos de la Iglesia?” Y apostilló: “De esa manera el mensaje de la Virgen hubiera tenido mayor alcance. Aparecerse a un ignorante va contra toda medida racional”. Como ven, la lógica de tantos y tantos listillos licenciados, es de risa (Viendo lo que veo y escuchando lo que escucho, no me extraña que a la sociedad le cueste tanto apreciar lo falso de lo verdadero). Lo que este director pretende es que Dios o la Virgen usen el razonamiento al modo en que lo hacen los hombres. Los seres creados (los hombres) pretenden en su ignorancia que su Creador (Dios) ponga su Conocimiento Omnipotente al mismo nivel que el de los seres creados. Si razonar de esa forma tan simple y corta de miras no es una estupidez, ¿entonces qué es? Este director debería razonar que la lógica de Dios resulta incomprensible e inalcanzable para cualquier ser humano. Intentar dar a Dios lecciones de lógica y de racionalidad es propio de necios.
Según el razonamiento de este periodista cabría preguntarse –igual que yo lo hice muchas veces- por qué Jesucristo no eligió a un astrónomo de renombre internacional para los fines encomendados. La respuesta a mi propia y reiterada pregunta la comprendí con el paso de los años. Comprendí que: 1) Dios no actúa conforme al pensamiento humano. Elige para una misión a quien cree de verdad en su palabra (la propia labor científica basada en la inexistencia de Dios convierte a los científicos en escépticos o ateos en materia de religión) y 2) Los científicos, afianzando sus conocimientos académicos, se han grabado a fuego la doctrina y las teorías científicas falsas. Y esta fijación mental de las falsedades científicas es mayor cuanto más conocido y galardonado es el personaje. Siendo así, toda oportunidad de que un científico famoso pueda cuestionar las falsas teorías establecidas y descubrir las verdades fundamentales sobre el Universo y el Hombre, sería del todo vano, inútil e imposible. Este argumento resulta igualmente válido para explicar por qué Dios, Jesucristo o la Virgen, no eligen para sus propósitos a altos cargos de la Iglesia Católica henchidos de orgullo, soberbia y prepotencia.
Pero es más, ¿quién le ha dicho a este director tan “lógico” que la Virgen de Guadalupe no se apareció, antes que a Juan Diego, a algún alto cargo de la Iglesia? Que no haya constancia documental de ello, no significa que no pudo ocurrir tal hecho. Podría muy bien haber ocurrido que ante una aparición de la Virgen a un alto cargo de la jerarquía, este hubiera optado por silenciar el fenómeno abrumado por la vergüenza que le supondría ser considerado por otros altos cargos como un enfermo con trastornos mentales. ¿Le extraña que tal cosa hubiera podido suceder? No le extrañe. Los primeros incrédulos ante una aparición mariana, o cualquier otra manifestación divina, son los propios altos cargos de la Iglesia (No hace falta recordar aquí que ninguno de los apóstoles creyeron a las mujeres cuando decían haber visto a Jesucristo resucitado). Someten a los receptores de las visiones a una tortura sicológica, cual jueces de la Inquisición, durante meses y años para intentar buscar contradicciones en los argumentos narrativos y desechar así todo origen divino. Y como conocedora de esta incredulidad generalizada entre la jerarquía eclesiástica, es comprensible que la Virgen opte por transmitir sus mensaje a través de personas humildes que no temen poner en peligro ningún cargo social o religioso ilustre o importante.
Es cierto que no se debe creer en todas las noticias referentes a apariciones o mensajes, pero existe una regla apostólica infalible para considerar o desechar una aparición, sueño o mensaje: Debe mantenerse en consonancia o coherencia con la palabra recogida en los textos de la Sagrada Biblia. De este modo, si el mensaje realmente proviene de Dios, no puede negar, tergiversar o manipular lo que el propio Dios dice en los textos de la Sagrada Biblia. Resulta entonces obvio que muchos miembros de la Iglesia Católica hacen caso omiso a esta regla, ya que admiten por válidas teorías científicas que niegan la palabra bíblica de Dios respecto a la Creación del Universo y del Hombre. Si esto es así, ¿quién debería estar cuestionado y sometido a juicio, los videntes elegidos y verdaderos, o quienes los juzgan vaciados de fe?
Idolatrías modernas
Si hay un aspecto en el Antiguo Testamento en el que Dios insiste en sus advertencias y críticas al pueblo elegido, es que se libren de adorar a falsos dioses representados en figuras de madera, piedra o barro, talladas por el propio hombre. Y su crítica se agudiza aun más cuando habiendo conocido al verdadero y único Dios, el pueblo hebreo se vuelve, una y otra vez, a la idolatría. Como dice el profeta Isaías: “¿A quién queréis compararme y equiparme, y asemejarme de forma que fuésemos iguales? Aquéllos sacan oro de la bolsa, pesan la plata en la balanza, pagan al orfebre y hacen un dios, se postran y le adoran, le cargan a hombros, le llevan, le ponen en un lugar, y allí se está, no se mueve de su sitio. Claman a él pero no responde, no les libra de sus tribulaciones” (Isaías 46, 5-7)
Pero dicha práctica condenada por Dios no solo no quedó obsoleta, sino que ha persistido en el tiempo hasta nuestros días. Sí, hoy se sigue idolatrando a falsos dioses. Recordemos dos definiciones del término Idolatría: 1) Adoración o culto que se rinde a un ídolo. 2) Amor y admiración exagerados hacia una persona o una cosa.
Respecto a la primera acepción, hay todavía muchas personas ateas y “creyentes” que se violentan por acercarse y tocar a personajes famosos, a figuras talladas o a imágenes impresas, en la creencia de que haciéndolo se les “pegará”, como por ósmosis, la suerte del famoso o que serán escuchadas y atendidas sus plegarias dirigidas a la figura o imagen. No, la práctica de la idolatría no ha desaparecido todavía de los pueblos y de las naciones. Sigue tan vigente como en la época narrada por los profetas. Tan solo han cambiado las formas.
Respecto a la segunda acepción, ahora se idolatra a famosos creados “artificialmente” por las televisiones y a ilustres personajes galardonados de la Ciencia. ¿Acaso no se prodiga en las instituciones universitarias y culturales una admiración exagerada -idólatra-, hacia los “grandes sabios” de la historia científica? Cuidado. Dios deja claro que quien antepone la palabra de los hombres a la palabra de Dios, se maldice a sí mismo. De ahí la advertencia de Dios a quienes ponen su confianza en los sabios: “Así dice Yavé, tu redentor, el que en el seno te formó: Yo soy Yavé, el que lo ha hecho todo, el solo despliega los cielos y afirma la tierra. ¿Quién conmigo? El que deshace las señales de los embusteros y a los adivinos enloquece; el que obliga a los sabios a retroceder y torna en locura su sabiduría, pero mantiene la palabra de sus siervos y cumple los designios de sus mensajeros;” (Isaías 44, 24-26)










