lunes, 13 de febrero de 2012

Exégesis de profecías bíblicas (III)

Exégesis de profecías bíblicas (III)

Profecías en los Santos Evangelios sobre los últimos tiempos

“No todo el que dice: “¡Señor, Señor!” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: “¡Señor, Señor!, ¿no profetizamos en tu nombre, y en nombre tuyo arrojamos los demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Yo, entonces, les diré: “Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de iniquidad” (Mateo 7: 21,23)

La expresión “me dirán en aquel día”, hace referencia al Juicio en el final de los tiempos. Entonces, muchos espíritus intentarán justificar su fe ante Jesucristo diciendo que, durante su vida mortal, han hecho prodigios en su nombre. Sin embargo, Cristo les rechaza calificándolos de “obradores de iniquidad”. ¿Por qué son calificados de esa forma muchos que dicen haber realizado milagros en su nombre? En primer lugar, todos los cristianos reconocemos a Jesucristo como Señor y Salvador. Sin embargo el tratamiento de Señor, expresado de forma repetitiva, es algo que singulariza a las iglesias protestantes. ¿Se estará refiriendo Jesucristo a estos “cristianos” de la modernidad?

Otra cuestión propia de muchas iglesias protestantes, es realizar espectáculos masivos donde se producen “milagros”. Todos hemos visto alguna vez en televisión esos eventos donde los “reverendos” o pastores de iglesias protestantes levantan sus voces y gesticulan exageradamente para “sanar” a una persona “enferma” o “poseída”. Sobra decir que tales “milagros” ante la vista del público asistente y de las cámaras de televisión, son una farsa destinada a hacerse publicidad y a ganar adeptos. La maldad de estos pastores protestantes no está solo en engañar públicamente a las gentes ignorantes e inocentes, la verdadera maldad es utilizar el nombre de Jesucristo para conseguir, mediante el engaño, aumentar el número de adeptos a sus respectivas iglesias. La finalidad es clara: a más publicidad mayores adeptos y ganancias en forma de obsequios y “diezmos”.

Es natural que los cristianos que hacen de la farsa milagrera un negocio, sean despreciados por Jesucristo. Si los milagros fuesen verdaderos y realizados en el nombre de Jesucristo, entonces Jesucristo estaría de su parte (Marcos 9: 38,40). Los que tienen el don o el poder de realizar milagros verdaderos, deben hacerlo gratis y de forma discreta.

Está escrito: “Jesús, llamando a sus doce discípulos, des dio poder sobre los espíritus para arrojarlos y para curar toda enfermedad y toda dolencia.

(…)

A estos doce los envió Jesús, haciéndoles las siguientes recomendaciones: … Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos, arrojad a los demonios; gratis lo recibís, dadlo gratis. No os procuréis oro, ni plata, ni cobre para vuestros cintos, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero es acreedor a su sustento”.

La Iglesia Católica dispone de sacerdotes exorcistas que han arrojado, en contadas ocasiones, espíritus malignos, pero no hacen de ello un espectáculo público. Las ceremonias de exorcismo sobre las personas poseídas, se realizan en la más estricta intimidad y sin ánimo de lucro o de ganar adeptos. Y ahora, dígame, según los textos evangélicos, ¿a qué “cristianos” cree usted que se dirigen las palabras de Jesucristo? Pero todavía hay más. El calificativo de “obradores de iniquidad” nos lleva a relacionar estas palabras con la iniquidad que se implantará en el reino de la bestia, en el final de los tiempos. Estos falsos cristianos deberían pensar qué han hecho o están haciendo mal para que el mismo Jesucristo los califique de esa forma.

Veamos ahora la versión del evangelista Lucas sobre el mismo tema: “Le dijo uno: Señor, ¿son pocos los que se salvan? El le dijo: Esforzaos a entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos serán los que busquen entrar y no podrán; una vez que el amo de casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: Señor, ábrenos. El os responderá: No sé de donde sois. Entonces comenzaréis a decir: Hemos comido y bebido contigo y has enseñado en nuestras plazas. El dirá: Os repito que no sé de donde sois. Apartaos de mí todos, obradores de iniquidad” (Lucas 13: 23,27)

Por el interés en mostrarse amigos de Jesucristo, el texto hace una referencia implícita a la religión cristiana. Por eso dice el texto que llamarán a la puerta justificándose en que conocen al Señor porque han comido y bebido con Él (el pan y el vino de la Eucaristía) y en que Él ha enseñado en sus plazas (la lectura de los Evangelios en las numerosas iglesias protestantes). Pero Jesucristo les dirá que no les conoce (no sé de donde sois) y que se aparten por ser obradores de iniquidad. ¿Por qué les dice Jesucristo que no sabe de donde son? Una posible respuesta está, precisamente, en la disgregación o división de la doctrina cristiana en multitud de iglesias protestantes. ¿Cuál de todas ellas es la verdadera?

Y no solo es la diversidad de iglesias protestantes lo que es criticado y censurado por Jesucristo. Las sectas protestantes no se conforman con atacar a la Iglesia Católica, sino que luchan ásperamente entre sí. Los Discípulos dicen que todas las sectas, menos la suya, son antibíblicas.

La Iglesia de Dios con sede en Anderson lnd. afirma que todas las sectas menos la suya forman la Iglesia apóstata del Apocalipsis y son todas hijas de la Gran Babilonia (la Iglesia Católica); los Mormones y Cristadelfos, que todos, menos ellos, son gentiles y paganos. Los Mormones y los Cientistas no son considerados por muchas sectas como Cristianos, porque además de la Biblia, admiten otros libros sagrados. Los Adventistas del 7.° Día por su observancia del Sábado en lugar del Domingo, los Pentecostales por su doctrina de las "Lenguas" son combatidos vivamente por las otras sectas, etc.

Ni faltan tampoco libros protestantes que llegan a hacer mofa de alguna secta. El poema heroico-cómico Hudibras, de Samuel Butler, fué escrito contra los Puritanos: el Quijote Espiritual, de R. Graves, contra los Metodistas; los fogosos escritos del pseudónimo Mar-Prelate, contra los Anglicanos; los Calvino-Turcica secreta eorumdemque Apocalypsis, de Teonesto Cogamandolo, contra los Calvinistas, etc.

Algunas iglesias niegan la fecundación espiritual de María por el Espíritu Santo y denuncian la Trinidad como falsa doctrina; se admiten a mujeres y homosexuales para ejercer de pastores; Jesucristo no es Dios (Antitrinitarios); se ceden iglesias al colectivo musulmán para que realicen sus prácticas religiosas; solo existen dos sacramentos: el Bautismo y la Cena del Señor; el Bautismo no es necesario (Cuáqueros y el Ejército de Salvación); el hombre se justifica por la fe sola (no hace falta practicar las enseñanzas evangélicas y apostólicas sobre la caridad y la justicia con el prójimo); el pecado es tan solo una ilusión (Ciencia cristiana); el arrepentimiento no es dolor por los pecados cometidos (Morisonianos); la interpretación de la Biblia es libre y depende de cada cual; la Iglesia Católica es la Iglesia de Babilonia; el infierno no existe (Testigos de Jehová); etc., etc.

El hombre en su ceguera ignora que la doctrina de Cristo no es para ser servida a la carta, troceada o parcelada: Una iglesia dice: “Yo quiero verduras”, y otra: “Yo tomaré solo pescado”, y una tercera: “Yo un poco de carne y muchas legumbres”, y otra: “No me apetece la carne, comeré fruta”... En este revuelto de doctrinas que forman las iglesias protestantes, todas no pueden resultar gratas a Jesucristo. Y esto es tan cierto como que los mismos protestantes analizan cada una de las iglesias de su localidad o región para hacerse miembro de la que considerarán más fiable y ajustada a los Evangelios. La elección de una iglesia protestante, entre una variada oferta, pone de manifiesto la dispersión de la fe que dicen profesar. Si solo es cuestión de fe, ¿por qué eligen una iglesia rechazando al resto? ¿Por qué compiten y se critican entre ellas? Si esto hacen los hombres que incurren en apreciaciones erróneas, con cuanta más razón lo hará Jesucristo. Por tanto, no se extrañen las iglesias protestantes de que Jesucristo exprese que no sabe de donde son (qué doctrina siguen o adoran) los que llaman a la puerta.

Veamos una pequeña lista con denominaciones de iglesias protestantes:

Anglicanas
Luteranas
Calvinistas
Bautistas
Anabaptistas
Pentecostales
Presbiterianas
Metodistas
Etc., etc.

La fe verdadera debe ser unificadora. Y aunque dentro de la Iglesia Católica se originen criterios diferentes sobre aspectos doctrinales, todos se expresan dentro de la iglesia fundada sobre la piedra de Pedro, y no originando el cisma o la separación. Yo mismo puedo discrepar –y de hecho discrepo- de algunas cuestiones que plantea la Iglesia Católica a la que pertenezco, pero no por eso voy a abandonarla. Y es que abandonar o salirse de la Iglesia Católica, por muchos o pocos defectos que tenga, supone alejarse del Espíritu Santo que la guía, la protege y la ampara.

El grave error cometido por Lutero fue considerar a la Iglesia Católica como el conjunto limitado formado por el papado, prelados, sacerdotes y órdenes religiosas, objetivos de sus denuncias y críticas. Pero la Iglesia Católica no es exclusiva de los que reciben el sacramento sacerdotal, la Iglesia Católica son todos los bautizados en su seno por un ministro sacerdotal. Ministerio que se viene transmitiendo de generación en generación desde los orígenes del cristianismo. Por consiguiente, que un Papa cometa errores o no actúe conforme a la doctrina evangélica, no significa que la “otra” Iglesia Católica de los Laicos comparta o sea cómplice de esos errores. Por eso, el error de Lutero fue desprenderse o separarse de la Iglesia Católica al considerar que estaba formada, en exclusiva, por el conjunto del clero. Es como si en una familia numerosa de 1000 miembros, uno de los parientes denuncia al cabeza de familia por estar obrando mal. Ahora bien, ¿qué el cabeza de familia (el papado) y cinco o diez de sus allegados más próximos (prelados y órdenes religiosas) estén obrando mal, significa que el resto de los parientes (990 laicos) son cómplices y, por tanto, también culpables de los errores cometidos por diez de sus miembros?

La Iglesia Católica acoge en su seno a “santos” y pecadores (todos los seres humanos somos pecadores). Esa es, precisamente, la grandeza de Jesucristo: llamar a los pecadores para que crean en Él y en su palabra para que puedan ser salvos. Y pecadores somos todos, laicos y clero. Por consiguiente, separarse de la Iglesia Católica, es como separar una rama de un árbol protegido de huracanes, heladas, sequías, etc. La rama desgajada de este árbol se plantará en otro terreno y hasta crecerá, pero ni dará frutos sanos (fe verdadera), ni estará inspirada por el Espíritu Santo, ni estará protegida contra las eventualidades climatológicas.

Quizá algunos se pregunten por qué en los textos proféticos que hacen referencia a la historia del cristianismo o al final de los tiempos no se habla de otras filosofías y religiones, y sus consecuencias en las naciones, como, por ejemplo, la religión musulmana. Pues, por el mismo motivo que el tema central o nuclear en el Antiguo Testamento es la religión hebrea basada en el único Dios verdadero. Jesucristo sabe perfectamente que en el transcurso de la historia de la cristiandad van a surgir nuevas filosofías seudo religiosas y otra falsa religión que tendrá muchos adeptos, pero su venida al mundo no es para hablar de esas filosofías engañosas o de otras cuestiones mundanas, sino para transmitir su mensaje y doctrina y traer, así, la salvación a toda la humanidad que crea en Él y en su palabra. Y con la expresión de Jesucristo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” deja claro que todas las demás filosofías existentes en el final de los tiempos, solo persiguen confundir a los hombres y alejarlos del verdadero Señor y Salvador.

Dicen los protestantes que con solo creer en Jesucristo, ya estamos salvados. Hay que preguntarse que entienden las iglesias protestantes por “creer”. Los calvinistas dicen creer en Jesucristo mientras consienten la acumulación de riqueza exagerada. ¿Acaso los seguidores de Juan Calvino no han leído las múltiples sentencias bíblicas sobre el dinero, los ricos y los poderosos? ¿Cómo justifican, entonces, el afán desmedido por el dinero y el poder? La creencia o fe en Jesucristo no consiste solamente en aceptar su existencia histórica, ni en creer que fuera Hijo de Dios, ni en que su muerte y su resurrección fue el sacrificio para el perdón de los pecados. La fe consiste en todo eso…y mucho más. Consiste también en creer plenamente en su palabra divina y verdadera. “¡Ah! –dirá alguien- Yo también creo en su palabra”. ¿Está seguro de ello? Si de verdad cree en su palabra, ¿por qué cree usted en teorías científicas que niegan la existencia de Dios y su participación directa y exclusiva en la creación del Universo y del Hombre? ¿Por qué permite que sus hijos sean formados en falsas doctrinas científicas en la escuela, en el instituto o en la universidad? ¿Por qué no protesta desde su iglesia contra el adoctrinamiento del hombre moderno por parte de la ciencia, de la política o de la economía?... Expresar o afirmar algo es fácil, lo difícil es ser consciente de lo que se está diciendo.

“Se levantará nación contra nación y reino contra reino, y habrá hambres y terremotos en diversos lugares; pero todo esto es el comienzo de los dolores.

Entonces os entregarán a los tormentos y os matarán, y seréis aborrecidos de todos los pueblos a causa de mi nombre. Entonces se escandalizarán muchos y unos a otros se harán traición y se aborrecerán, y se levantarán muchos falsos profetas que entregarán a muchos, y por el exceso de la maldad se enfriará la caridad de muchos; mas el que perseverare hasta el fin, será salvo. Será predicado este Evangelio del Reino en todo el mundo, como testimonio para todas las naciones, y entonces vendrá el fin.

(…)

Porque habrá entonces una tan gran tribulación cual no la hubo desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá, y, si no se acortasen aquellos días, nadie se salvaría; mas por amor de los elegidos se acortarán los días aquellos. Entonces, si alguno dijere: Aquí está el Mesías, no le creáis, porque se levantarán falsos mesías y falsos profetas, y obrarán grandes señales y prodigios para inducir a error si posible fuera, aun a los mismos elegidos. Mirad que os lo digo de antemano. Si os dicen pues: Aquí está, en el desierto, no salgáis; aquí está, en un escondite, no lo creáis, porque como el relámpago que sale del oriente y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del hombre. Donde está el cadáver, allí se reúnen los buitres.

Luego, en seguida, después de la tribulación de aquellos días, se oscurecerá el Sol, y la Luna no dará su luz, y las estrellas caerán del cielo, y los poderes del cielo se conmoverán. Entonces aparecerá el estandarte del Hijo del hombre en el cielo, y se lamentarán todas las tribus de la Tierra, y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con poder y majestad grande. Y enviará sus ángeles con resonante trompeta y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (Mateo 24: 7,31)

Se levantará nación contra nación. No hace falta mucha imaginación ni razonamiento para comprender que Jesucristo no está hablando solo de conflictos bélicos tradicionales entre dos naciones, sino también, y sobre todo, de las guerras mundiales que acontecerían en el siglo XX. Respecto al hambre y los terremotos, la humanidad lo lleva sufriendo hace décadas, pero es hoy, en el siglo XXI, cuando esas palabras de Jesucristo cobran total actualidad y relevancia. Por mucho que insistan los ricos y poderosos en que los países occidentales viven en el “estado del bienestar”, son muchos, millones de seres humanos que viven en la pobreza. La persecución que se está produciendo hoy en algunas naciones, es un preludio de lo que ha de venir. Los ricos y poderosos, dados al lujo y al capricho, y dueños de los medios de comunicación, se niegan a escuchar palabras de verdad. Para ellos no existe más verdad que el dinero y el poder. Y en medio de este desorden y caos en las ideas y en el razonamiento de los hombres, surgen falsos profetas en todos los sectores sociales. Los hay en la ciencia, en la política, en la prensa, en la economía, en la religión, etc. Pero después, en seguida, de esta tribulación internacional, nos dice el texto lo que ya fue anunciado por los profetas y es anunciado en el Libro del Apocalipsis: el Sol se oscurecerá (Si a usted le parece increíble que suceda tal fenómeno a nivel internacional, sepa que ya ocurrió sobre el territorio de Estados Unidos, en 1780). Como consecuencia de este oscurecimiento, que tendrá alcance internacional, la Luna y las estrellas dejarán de brillar, y estas últimas disminuirán sus distancias a la Tierra (Ver Lucas 21: 25,27). Y después de este acontecimiento cosmológico, se producirá la señal (el estandarte) en el cielo que anunciará la segunda venida de Nuestro Señor Jesucristo sobre las nubes del cielo con poder y majestad. Dice el texto que entonces, con la señal precursora, se lamentarán todas las tribus de la Tierra. Claro, entonces comprenderán todas las tribus (naciones paganas) que han despreciado durante décadas y siglos al Hijo de Dios, Señor y Salvador Jesucristo.

¿Cuándo sucederá tal trascendental acontecimiento? “De aquel día y de aquella hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre. Porque como en los días de Noé, así será la aparición del Hijo del hombre. En los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento, hasta el día en que entró Noé en el arca; y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrebató a todos. Así será la venida del Hijo del hombre”. (Mateo 24: 36,39) Para los cristianos, este texto nos revela la autenticidad del diluvio universal, en contra de lo que afirman muchos científicos negando aquel suceso trascendental. Y nos revela que fue auténtico porque el mismo Jesucristo –que como divinidad no puede engañarse ni engañarnos- habla de él. Por tanto, los cristianos cientificistas deberían hacer examen de conciencia y declinarse hacia la fe en la palabra de Dios, o hacia la fe en la palabra engañosa de los hombres. Este es otro ejemplo de lo que debe significar creer en Jesucristo y en su palabra.

Otro aspecto falso que se aplica a Jesucristo, es el referente a la cultura que recibió en Egipto. Muchos “intelectuales” argumentan que la doctrina evangélica de Jesucristo fue aprendida durante el tiempo que, junto a José y María, permaneció en tierras de Egipto. Estas tonterías e inexactitudes bíblicas que se oyen por doquier en los medios de comunicación (o de manipulación) por parte de quienes viven en la opulencia y alejados de la verdad, merecen una respuesta. En Egipto permanecieron Jesús, José y María hasta que murió Herodes el Grande. Regresaron entonces y se instalaron en Nazaret, donde José se puso a trabajar de carpintero. Como hacían todos los años, cuando Jesús contaba con 12 años de edad, la familia subió a Jerusalén para cumplir con la Pascua. Y fue con esa edad cuando Jesús se quedó escuchando y preguntando a los doctores en las proximidades del Templo, mientras José y María regresaban a Nazaret. El texto evangélico nos dice que cuando José y María volvieron a Jerusalén en busca de Jesús, lo encontraron hablando en medio de los doctores. Y dice el texto que los doctores quedaron estupefactos de su inteligencia y sabiduría.

Pues bien, en primer lugar, considerando que Jesucristo nació, según los historiadores, entre el 6 y el 4 a.C., y Herodes el Grande murió en el 4 a.C., debemos considerar que Jesús no tendría más de 3 ó 4 años cuando José y María abandonaron las tierras de Egipto y se instalaron en Nazaret. Por tanto, expresar que Jesucristo se empapó de la cultura egipcia, como si hubiera permanecido en Egipto hasta una edad avanzada, es ignorar los hechos y fechas históricas. Por otro lado, la inteligencia no se adquiere en una facultad o academia, es una facultad o don que se nos concede o con la que se nace. En segundo lugar la sabiduría es, también, otro don que se recibe del Espíritu Santo (Lucas 21: 14,15). Por tanto, no debe extrañarnos que, siendo Jesús el Hijo de Dios, su sabiduría fuese extraordinaria y excepcional.

Comentarios sobre los falsos cristianos de la modernidad

Algunas iglesias protestantes, de las numerosas existentes, y también muchos católicos, predican que los seres humanos son tan solo carne y sangre. Niegan la existencia del espíritu divino que anida y da vida a cada ser humano. Creen, sin dudarlo, en las doctrinas y postulados de una ciencia falsa y materialista. Este pensamiento resulta inaudito en personas que pretenden ser cristianas y conocer los textos sagrados. Las Sagradas Escrituras están llenas de referencias al espíritu divino que da y sustenta la vida de nuestros organismos corporales conformados de carne y de sangre. Es la ceguera propia de aquellos “cristianos” a los que se les ha retirado el conocimiento. Ignoran estos “cristianos” que sin la existencia del espíritu divino en cada ser humano seríamos semejantes a las bestias, libres de responsabilidad alguna ante las leyes y ante nuestros propios actos. Todo el texto sagrado de la Biblia nos recuerda, una y otra vez, que lo vital, lo importante, no es la carne ni la sangre, sino el espíritu de cada persona.

Algunas iglesias se obstinan en degradar la esencia divina que otorga la vida al organismo físico a un simple concepto de la expresión humana. No han entendido nada, o muy poco, de la Sagrada Escritura. No hay Libro de la Biblia donde no se incida en que el espíritu del hombre es eterno. Luego, si es eterno no puede ser un concepto temporal y perecedero como lo es el organismo físico, sino que continúa activo (eterno) una vez fallecido el cuerpo. Un símil cotidiano puede servir para comprender lo que sucede: El espíritu es al hombre, lo que la batería eléctrica es al automóvil. Del mismo modo que el corazón es al hombre, lo que el motor es al automóvil. Sin el “espíritu” de la batería eléctrica que de vida al motor, el automóvil está muerto o inservible. Pero este ejemplo se queda corto para explicar de forma sencilla lo que es y supone el espíritu. El espíritu no es algo que solo sirva de fuerza para “arrancar” el corazón y poner en funcionamiento el organismo físico del hombre, es también la potencia exclusiva de cada persona donde se graba y permanece la memoria y los recuerdos de cada pensamiento, palabra o acción realizadas desde que nacemos hasta que fallecemos. Y es cada espíritu personal y exclusivo el que se presenta ante el Juez Supremo una vez fallecido el cuerpo. Es, también, a través del espíritu que sustenta la vida en cada ser humano, como recibimos los dones que concede el Espíritu Santo. Es por eso que, en un instante, sin necesidad de que nadie les enseñara, los apóstoles comenzaron a hablar en lenguas, profetizar y hacer todo tipo de milagros. Por eso me sorprende la ceguera instalada en muchos que se califican a sí mismos de cristianos, sin entender nada de lo trascendente.

¿No han leído en la Sagrada Biblia numerosos textos sobre la dualidad cuerpo y espíritu del hombre? ¿No dicen las Escrituras que el hombre fue creado a imagen de Dios? Y si es así, ¿Dios es carne y sangre, o es Espíritu? ¿Qué creen que significa, como uno de tantos ejemplos, las palabras de Jesucristo al apóstol Pedro cuando este le confesó: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” Jesucristo le respondió: “Bienaventurado tú, Simón Bar Jona, porque no es la carne ni la sangre quien esto te ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos”? (Mateo 16: 16,17). El conocimiento de Simón sobre la autenticidad de Jesucristo como el Mesías anunciado, no le fue revelado por un proceso neurológico o cerebral (la carne y la sangre), sino a través del espíritu divino que poseemos todos los seres humanos. Espíritu a través del cual hablaba Dios a los profetas. Espíritu con el que Dios inspira a los hombres. Espíritu del que se aprovechan los espíritus satánicos para “contactar” con los espíritus de los hombres para tentarles, confundirlos o poseerlos (Mateo 12: 43,45). Espíritu de cada apóstol a través de los cuales recibieron los dones del Espíritu Santo, en Pentecostés. Espíritu, en fin, que es reclamado por Dios en el instante de nuestra muerte física. Si el hombre fuese tan solo carne y sangre que con la muerte desaparece, ¿cómo vamos a ser juzgados si la memoria de todas las acciones que hemos cometido en vida se volatizan al corromperse el cuerpo?

El siguiente texto del Evangelio de San Marcos, no deja lugar a dudas sobre la exclusividad de cada espíritu humano: “Le dijo el ángel: “No temas Zacarías, porque tu plegaria ha sido escuchada, e Isabel, tu mujer, te dará a luz un niño, al que pondrás por nombre Juan. Será para ti gozo y regocijo, y todos se alegrarán en su nacimiento, porque será grande en la presencia del Señor. No beberá vino ni licores y desde el seno de su madre será lleno del Espíritu Santo; y a muchos de los hijos de Israel convertirá al Señor su Dios, y caminará delante del Señor en el espíritu y poder de Elías para reducir los corazones de los padres a los hijos, y los rebeldes a la prudencia de los justos, a fin de preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Marcos 1: 13,17)

¿Qué significa la expresión: “caminará delante del Señor en el espíritu y poder de Elías”? Pues, ni más ni menos, que el espíritu que posee Juan el Bautista, es el mismo espíritu que poseía el profeta Elías cuando fue arrebatado al cielo, en vida, por los ángeles. El espíritu de Elías se encarna de nuevo en Juan el Bautista para cumplir con la Ley sobre todos los mortales: sufrir el paso de la vida a la muerte de nuestro organismo físico temporal. No comprender o aceptar esta realidad de los hombres, convierte a los falsos cristianos en aliados de Satanás y de la ciencia falsa y materialista.

Estos falsos cristianos deberían aplicarse las palabras de Cristo: “Jesús dijo: Yo he venido al mundo para un juicio, para los que no me ven vean y los que ven se vuelvan ciegos. Oyeron esto algunos fariseos que estaban con Él y le dijeron: ¿Conque nosotros somos también ciegos? Y les dijo Jesús: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero ahora decís: Vemos, y vuestro pecado permanece” (Juan 9: 39,41)

Los cristianos que tienen ese concepto pagano del espíritu humano se aferran a textos como el siguiente:

“De improviso hemos sido engendrados, y después de esto seremos como si no hubiéramos sido; porque humo es la respiración en nuestras narices, y el pensamiento una centella del latido de nuestro corazón.

Extinguido éste, el cuerpo se vuelve ceniza y el espíritu se disipa como tenue aire”.

En su ceguera, muchos de los que se califican de cristianos, no tienen en cuenta que lo que se dice en el texto es lo que piensan los impíos (Sabiduría 1: 15,16). Y como corolario de ese pensamiento pagano, continúa el texto:

“Venid pues y gocemos de los bienes presentes…

Hartémonos de generosos vinos…

Ninguno de nosotros falte a nuestras orgías…

Oprimamos al justo desvalido, no perdonemos a la viuda, ni respetemos las canas del anciano.

Pongamos garlitos (trampas) al justo que nos fastidia y se opone a nuestra forma de obrar…” (Sabiduría 2: 6,12)

Y más adelante, el autor material del Libro de la Sabiduría contesta a los impíos que así piensan:

“Estos son sus pensamientos, pero se equivocan, porque los ciega su maldad.

Y desconocen los secretos de Dios, y no esperan la recompensa de santidad ni estiman el galardón de las almas irreprochables.

Porque Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propia naturaleza.

Más por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen.

A los ojos de los necios parecen haber muerto y su partida es reputada por desdicha”. (Sabiduría 2: 21,24 y 3: 2)

La muerte no es un castigo para los justos

“Pero el justo, si muriese prematuramente, estará en reposo…

El que se hizo grato a Dios fue amado de Él, y viviendo entre los pecadores, fue trasladado.

Fue arrebatado porque la maldad no pervirtiese su inteligencia y el engaño no extraviase su alma; pues la fascinación del mal oscurece el bien; el vértigo de la concupiscencia mina la mente que no tiene malicia.

Pues su alma era grata al Señor; y por eso se dio prisa a sacarle de en medio de la maldad".

La tan temida muerte del cuerpo, es para el impío el fin de su vida dedicada al mal y el principio de su castigo espiritual. Lo contrario que le sucederá al justo. La muerte corporal es el fin del sufrimiento en su vida mortal entre pecadores y el principio de su recompensa espiritual. El hombre, en su ceguera para razonar y practicar el bien y en su visión para practicar el mal, le interesa creer que solo existe la vida material. Y en esa creencia, se afana en gozar sin límites todos los días de su vida. Pero ¡ay! de los que así piensan. Cuando el espíritu abandone sus cuerpos será ya demasiado tarde para rectificar su modo de vida: entonces comprobarán que cuanto creían en sus vidas corporales, estaba equivocado. Entonces sus espíritus rendirán cuentas ante Dios de los males causados. Por eso escribe el autor del Libro de la Sabiduría:

"Los pueblos lo vieron, pero no lo entendieron ni sobre ello reflexionaron, pues la gracia y la misericordia es para los elegidos, y la visitación para los santos.

Verán el fin del sabio, sin entender los designios del Señor sobre él, ni por qué le puso en seguridad.

Verán y lo despreciarán, pero el Señor se reirá de ellos.

Y después de esto caerán sin honra, y serán entre los muertos en el oprobio sempiterno; porque los quebrantará, cabeza abajo, sin habla, y los sacudirá en sus cimientos…

Entonces estará el justo en gran seguridad frente a los que le afligían y menospreciaban sus obras.

Al verlo, (los impíos) se turbarán con terrible espanto y quedaran fuera de sí ante lo inesperado de aquella salud.

Arrepentidos se dirán, gimiendo en la angustia de su espíritu: Este es el que algún tiempo tomamos a risa y fue objeto de escarnio.

Nosotros insensatos tuvimos su vida por locura y su fin por deshonra.

¡Cómo son contados entre los hijos de Dios, y tienen su heredad entre los santos!

Luego nos extraviamos de la senda de la verdad, y la luz de la justicia no nos alumbró, y el Sol no salió para nosotros.

Nos cansamos de andar por senderos de iniquidad y de perdición, y caminamos por desiertos intransitables, sin conocer el camino del Señor.

¿Qué nos aprovechó la altanería, qué ventaja nos trajeron la riqueza y la jactancia? (Sabiduría 4: 15,20 y 5: 1,8)